La Reina Africana

Género: romance erótico interracial

La reina africana (2)

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Sinopsis:

En la Ruanda devastada por la masacre llevada a cabo por los hutus en la cual un millón de civiles tutsis fueron asesinados, un mercenario ruso es hallado seriamente herido por integrantes de la etnia tutsi, que viven en una aldea habitada solo por mujeres sobrevivientes de la matanza. Las mujeres adoptan al forastero con fines reproductivos y para llevar a cabo una dura venganza por el exterminio de su pueblo. Una médica zulú llega a la aldea y concibe sus propios planes para el hombre.

Novela vibrante con escenas eróticas y de violencia de alto voltaje.

 

Capítulo 1

Acostumbrada a la algarabía del bosque producida por mil aves  y los sonidos de escurridizos mamíferos, Nadege supo desde el comienzo que algo no andaba bien. El silencio que la acompañaba desde hacía un largo rato y del cual sumida en sus pensamientos recién ahora se había percatado, presagiaba algún evento que seguramente no habría de ser pacífico ni agradable. La muchacha supuso que podría tratarse de alguna fiera de la selva; en efecto, aunque ya eran raras un tiempo atrás algunos aldeanos habían denunciado que un leopardo enorme deambulaba por el bosque y había matado a varias de sus cabras.

Nedege adivinó que fuera lo que fuese la causa del silencio repentino se hallaría junto al arroyo de modo que se abrió paso en la maleza aproximándose en sentido descendente al cauce que se hallaba un poco más abajo.

La fronda le tapaba la visual de manera que aunque oía el rumor del agua al correr aun no podía ver el alegre espectáculo de su fluir.

Casi había llegado a la orilla cuando por fin vio las piedras del lecho y el agua discurriendo entre ellas. Miró en ambos sentidos y el corazón le dio un salto. Tendido en el fondo del arroyo un cuerpo obviamente humano yacía boca abajo totalmente inmóvil.

Terribles escenas de su niñez le asaltaron y le produjeron un episodio de angustia profunda. Escenas fantasmagóricas de centenares de cuerpos de hombres, mujeres y niños muertos a machetazos y abandonados en los campos y caminos por los milicianos asesinos hutus retornaron vívidamente a su mente y una mezcla de terror y odio volvieron a su espíritu. Tuvo la tentación de huir y negar mentalmente la escena que tenía frente a ella, pero un sentimiento humanitario se impuso. Saltando por sobre las piedras del cauce se acercó, y fue entonces que se percató que se trataba de un hombre blanco, de gran tamaño, cuya piel rubicunda se hallaba a la vista por estar totalmente desnudo. Nedege se acercó segura que no había nada que podía hacer por el hombre y ya estaba por retirarse  para pedir ayuda para sepultar el cuerpo cuando sus ojos percibieron algo que le pareció extraño de modo que se aproximó aún más. No había dudas, la mano izquierda del hombre presentaba unos movimientos que no eran debidos al agua, como si el hombre tratase de asir unas piedras que se encontraban bajo sus dedos.

Con un súbito gesto de alegría la muchacha dio vuelta de cuerpo y vio que se trataba de un hombre joven, de cabellos rubios y barba de varios días. Trató de reanimarlo pero no lo consiguió; se dio cuenta que debía sacarlo del curso del río para evitar la hipotermia que le paralizaría la funciones vitales o bien que al crecer el agua lo asfixiara. No había tiempo para regresar a la aldea y pedir refuerzos. Vio el tamaño del cuerpo del hombre y se preguntó si las fuerzas le alcanzarían para arrastrarlo hacia arriba de la barranca.

El cuerpo yacía de espaldas y la mujer consiguió despegar un poco el torso del lecho de la correntada lo que le permitió tomarlo por las axilas y comenzar a arrastrarlo penosamente por la empinada ladera. Realizó la tarea hasta que las fuerzas la abandonaron y cayó a su vez de espaldas sobre la hierba húmeda. Una vez que logró juntar otra vez algo de energías siguió apartando al desvanecido del curso de agua, y una vez que juzgó que su cometido estaba cumplido apoyó su mano sobre el pecho cubierto de vello de color claro. La piel del hombre estaba helada por la acción del agua corriendo y Nadege se dio cuenta de que debía restablecer el flujo sanguíneo de inmediato; para ello comenzó a frotar el torso y los miembros de toda su energía hasta que ciertas zonas se pusieron rojas; en un determinado momento decidió que ya la sangre comenzaba a circular. Acercó su rostro al del forastero y creyó percibir que su boca emanaba un aliento. Cuando fatigada se incorporó para relajar sus propios músculos contraídos su vista tropezó con un detalle que le resultó perturbador pero del cual instintivamente apartó la mirada. El miembro viril del hombre mostraba una gran erección, fruto sin dudas de la friega que ella misma había realizado.

Muy a su pesar sus ojos volvieron a posarse sobre el pene erecto, en parte por curiosidad y en parte por un impulso que le venía de muy adentro y que aunque la muchacha no quisiera reconocerlo era deseo. Una ola de calor la invadió y retrocedió un paso para alejarse de la tentación.

A los dieciocho años Nadege era virgen, a pesar de que la mayoría de las africanas son casadas a edades entre catorce y dieciséis años. Ese celibato no era una decisión de la muchacha sino que obedecía a la absoluta falta de hombres en la pequeña aldea luego de la matanza llevada a cabo por los milicianos hutus años atrás. La abuela materna de la muchacha había conseguido huir con las mujeres jóvenes de su clan y arrastrarlas a un recóndito túnel en medio de la jungla, cuya entrada se hallaba obstruida por ramas. Ese sitio había sido usado por la familia por generaciones para esconder algunos objetos de su propiedad  pero en esa oportunidad había servido para salvar a las mujeres de la carnicería.

 

Exhausta por el esfuerzo Nadege se sentó en la hierba cerca del cuerpo del hombre. Recién entonces, superado el momento de urgencia dictado por la necesidad de resucitar al caído, su mente comenzó a reflexionar sobre la situación en que involuntariamente se hallaba y sobre los pasos a dar. Era obvio que no podría mover al hombre y arrastrarlo hasta la aldea, pues eso estaba fuera de sus posibilidades físicas; por otra parte no sabía si Mukamutara- su abuela y matriarca que ejercía el liderazgo de la aldea y que era en definitiva quien tomaba todas las decisiones- aprobaría la presencia de un hombre en el escondido conjunto de chozas. Con toda seguridad no aprobaría la presencia de un hombre negro, pero Nadege ignoraba cuál sería la decisión en el caso de un blanco, cuya aparición era un caso extremadamente improbable en el poblado.

La joven se hallaba sumida en esas reflexiones cuando oyó un ruido que las sacó de sus abstracciones, algo así como un goteo. Al percatarse que la fuente de los sonidos era el hombre se acercó a él y constató que había vomitado agua, su respiración se había tornado agitada y sus ojos comenzaban a parpadear hasta quedar al final abiertos enfocados en lo alto. La muchacha quedó un instante mirando el color azul intenso de las pupilas, lo que constituía una novedad para ella. Finalmente el hombre percibió la presencia de ella y sus ojos se concentraron en la joven.

Instintivamente Nadege se sintió aliviada por la reacción del hombre que por diversos motivos tanto había causado impresión en su joven alma. Decidió hablarle en francés, idioma que hablaba en forma rudimentaria y era el único que conocía fuera del lenguaje tribal.

-¿Cómo se siente?- Fue lo único que atinó a decir.

Luego de unos instantes el hombre habló en el mismo idioma con un fuerte acento indescifrable, pero en vez de responder la pregunta inquirió a su vez.

-¿Dónde estoy?

-Lo encontré tirado en ese arroyo.-Contestó la muchacha. -Su cuerpo estaba helado y no hubiera durado mucho más en ese sitio.

El forastero incorporó su tronco apoyándose en sus codos y observó el curso de agua que la joven le señalaba. También miró su piel blanca teñida de  rojo por los efectos de la friega y se hizo cargo de la situación.

-¿Tú me encontraste?- Preguntó.

-Sí, y traté de reanimarlo.

-Me has salvado la vida- Murmuró el desconocido.- ¿Cómo te llamas?

-Nadege. ¿Y cuál es su nombre?

-Aleksander.- Sólo en ese momento el hombre se dio cuenta de su desnudez y la erección de su miembro e intentó en vano esconder la situación. Lentamente se puso de pie venciendo algunos mareos y sosteniéndose en el hombre de la muchacha. Le llevaba más de una cabeza de estatura, y a Nadege el contacto de ambos cuerpos le produjo un sentimiento de excitación poco frecuente en su vida pero ocultó su reacción.

-¿No has visto mis ropas y mis armas por aquí?- Preguntó el llamado Aleksander.

-No. No había nada. ¿Qué le ocurrió?

-Unos milicianos que vinieron conmigo desde el Congo se sublevaron y me dejaron abandonado donde me hallaste.

La revelación implicaba que el hombre era un militar y jefe de grupos insurgentes al servicio de traficantes de metales que explotaban a los nativos tanto en las Provincias de Kivu Norte y Sur en la vecina República Democrático del Congo como en la misma Ruanda donde se hallaban. Esos contingentes habían masacrado poblaciones enteras y eran la maldición de la región. A pesar de no haber salido nunca de su aldea Nadege tenía conocimiento de esos raids por historias contadas por los escasos viajeros, por lo que su aprensión aumentó. Pero la reacción de abandonar al hombre a su suerte y correr a refugiarse en el poblado era vencida por la atracción que el gigante blanco ejercía sobre ella.

Ambos vagaron sin rumbo, ya que la muchacha no se decidía a encaminarse al villorrio e introducir en él a quién podía ser un peligro mortal para sus moradoras.

Era evidente que las fuerzas iban regresando al cuerpo de Aleksander y pronto no necesitó apoyarse en el hombro de la joven aliviándole de la carga que suponía.

En un momento Nadege creyó oír unos ruidos provenientes de la floresta pero los mismos de repente cesaron. El blanco le hizo señas de que esperara pues obviamente necesitaba orinar y por pudor debía buscar privacidad. Nadege quedó momentáneamente sola en un claro del bosque tropical por unos instantes esperando el regreso del forastero.

La  aparición fue súbita y aterradora. Los tres milicianos hutus surgieron de alrededor el Nadege enarbolando sus machetes y formando un círculo en torno a ella. La desesperación invadió a la muchacha que conocía demasiado bien al  destino a que quedaba expuesta. Sería violada repetidamente y luego con toda probabilidad asesinada. Un grito de terror surgió de su garganta.

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Episodio 1

 

 

La Provincia de Misiones constituye una cuña entre Brasil y Paraguay, separada casi completamente de ambos por ríos. Se trata del extremo nordeste de la Argentina,  dotado de un  clima  semitropical por estar parcialmente situado al norte del Trópico de Capricornio. Desde fines del siglo XIX, esta provincia  fue poblada por colonos procedentes de toda Europa, diciéndose que existen en la provincia 48 colectividades formadas por los descendientes de los inmigrantes en general europeos, las que se agregaron a la población nativa de criollos, mezcla de los conquistadores españoles y los indígenas guaraníes. A esta población se suman numerosos migrantes paraguayos y brasileños.

Nací en dicha provincia, posiblemente en alguna de las comunidades de origen eslavo que allí se han radicado. Aparentemente fui abandonado al nacer en el portal de una iglesia, de la cual fui transferido a un orfanato, que fue mi verdadero hogar y al cual le debo sin duda haberme apartado de la calle, a  pesar de su precariedad de medios económicos y de la rudeza de las relaciones entre los niños, y entre estos y sus preceptores, que en ciertos casos no excluían el abuso.

Mis recuerdos se remontan a la edad de  aproximadamente diez años, en las clases y juegos en el viejo patio de la institución. Fue para esa época que ingresó como encargada del pabellón de los niños varones la señora Teresa González de Pasiuk, una mujer que es ese momento tenía  treinta  años, de pequeña talla, cuerpo algo delgado pero bien formado, piel trigueña, rostro de facciones correctas y nobles, con ojos y cabello negros y brillantes. Todo su porte delataba el predominio de la sangre castellana, con algún lejano ingrediente de los pueblos originarios de la región   Su carácter era sumamente reservado y poco demostrativo, lo cual quizás era un requisito para el desempeño de sus funciones en un medio revoltoso. Esta mujer tendría una influencia decisiva en mi  vida.

La Sra. González, o simplemente la Señora, como la llamaban todos, me tomó un particular aprecio que se preocupó por ocultar seguramente para evitar habladurías sobre preferencias y trato desigual con los demás niños, pero que yo podía sin embargo percibir, principalmente en los pocos momentos en que nos encontrábamos juntos y un tanto separados del resto de los pupilos. Esta protección velada  me evitó ser blanco de burlas o malos tratos por los otros niños más grandes, siendo que yo era uno de los pupilos de tez clara en el grupo. Más adelante, mi talla, superior a la de los demás niños, mi robusta contextura física y la adquisición de rudimentarios pero efectivos métodos de defensa por mi parte disuadieron a posibles hostigadores haciendo innecesaria toda protección física.

Como aprendí después, el ingreso de Teresa González al instituto produjo una cierta convulsión entre los directivos de la institución; ciertas trapisondas que tenían lugar con la compra de elementos de uso diario fueron cortados de raíz, se enfatizó el control del estado sanitario de los internos, que antes había estado bastante descuidado, no cumpliéndose incluso con los calendarios de vacunación y por último, la educación experimentó una mejora sustancial, seguida de cerca por la nueva encargada, docente de profesión. Todo esto le ganó un respeto indiscutido a la vez que rencores desde el comienzo de su gestión.

La mujer, de fuerte personalidad y  en pleno uso del rol de autoridad que le había sido conferido, mantenía a raya a los muchachos más salvajes y agresivos, incluyendo la toma de medidas de disciplina draconianas en casos extremos. Eran en general los niños más débiles o nuevos los que se beneficiaban con esta actitud, pero yo siempre sentía que en mi caso había algo más. Su forma de acariciar mi cabeza cuando nadie observaba  me creaba por un lado una sensación de seguridad  y por otro un agradable cosquilleo, que se fue acentuando con el paso de algunos años. Los niños es este tipo de establecimientos rara vez reciben una caricia u otra muestra de afecto.

Cierta vez, tres pupilos que me venían molestando desde hacía algún tiempo me tendieron una celada en el parque cercano; eran acontecimientos usuales de pandillas internas, que buscaban establecer cierto tipo de liderazgo, pero yo me defendí fieramente y conseguí lastimarlos de consideración, a la vez que recibí numerosas cortaduras y magullones. Alertados por otros niños aparecieron la señora y dos preceptores que consiguieron desenredarnos con esfuerzo. La mujer se acercó a mí y observó preocupada las lastimaduras en mi cara y cuero cabelludo, limpiando una herida cortante en una ceja con su pañuelo. Luego miró a los tres agresores, y al verlos sangrantes y con sus caras hinchadas, creí notar un destello fugaz en sus ojos oscuros, que interpreté como signo de orgullo.

 

Más adelante, contando yo doce años, mi destino tuvo un giro que sería decisivo en mi vida. Los niños del orfanato fueron llevados en un ómnibus a conocer unas ruinas jesuíticas situadas a unos cien kilómetros de distancia. La Sra. González, que se había mostrado nerviosa  y taciturna en los días anteriores, comunicó que debía quedarse para organizar un inventario de útiles de la escuela que funcionaba en el establecimiento y decidió que yo me quedase también para ayudarla en la tarea. Lógicamente me sentí un tanto frustrado por perderme uno de los pocos paseos que se realizaban a lo largo de cada año, pero las decisiones de la señora no eran discutidas;  además, la expectativa de quedarme a solas con ella no me desagradaba; por el contrario, al reflexionar sobre la situación me fue invadiendo una mezcla de curiosidad y ansiedad.

Todos los demás niños y adultos del lugar partieron pues y quedamos los dos solos en el extenso predio.

Luego de realizar el recuento de elementos en la escuela, lo que nos llevó a lo sumo un par de horas, la señora me expresó que debíamos ir al dormitorio de varones para constatar si allí había elementos adicionales que inventariar. El cielo se había ido cubriendo de espesas nubes que prometían una de las tormentas no raras en esa parte del año. Terminada esta tarea, que demandó no más de media hora adicional, la mujer, a quien notaba particularmente desasosegada, me dijo que estaba cansada y se sentó en mi lecho, indicándome que hiciera lo mismo a su lado. Las camas estaban organizadas en largas filas con angostos pasillos en el medio. Así  permanecimos uno junto al otro durante varios minutos, en la penumbra del dormitorio, que contaba con pocas ventanas. Al principio estaba yo expectante de lo que ella pudiera hacer pero el tiempo pasó sin alternativas. Poco a poco se hizo  evidente para mí que la mujer estaba en un profundo estado de lucha interior, el que se me comunicó en forma de agitación. Sentía su pierna al lado de la mía y su cuerpo irradiaba calor. La sensación era placentera a la vez que inusitada; como he dicho antes, los niños abandonados no suelen tener proximidad física de otras personas, al menos  sin ánimo agresivo.

Entre tanto, varios relámpagos iluminaron el cielo y su luz ingresó por las estrechas ventanas. Una ráfaga de viento fresco entró por las mismas mientras se oía el ruido de una lluvia torrencial que comenzaba a golpetear sobre los techos de chapas de los edificios.

Inesperadamente, como bajo el influjo de los eventos eléctricos de afuera, la señora rompió su estado de ensimismamiento. Pasó  su mano por mi cabeza, diciéndome que le agradaban mis cabellos rubios, pero las palabras brotaban de sus labios con dificultad; aún para un inexperto como yo era evidente que ella estaba bajo los efectos de una tensión  que cerraba su garganta. La sensación de su mano acariciándome me resultó extremadamente placentera, particularmente en esa sugerente atmósfera de semipenumbra y frescura.

 

Finalmente tomó mi mano izquierda y la apretó entre las suyas, primer contacto voluntario de su piel con la mía. Inmediatamente  sentí un estremecimiento corriendo por mi espina dorsal como una descarga eléctrica. En efecto, el acto era deliberado y no consecuencia de ningún factor externo. Acercó sus labios a mi frente y deslizó un beso breve pero que me resultó pleno de significado, aunque no pudiera entonces precisar cuál. Por primera vez en mi vida me habían besado, y lo había hecho quien se estaba constituyendo en objeto creciente de mis expectativas.

Siguió otro tiempo de quietud, en el cual cada uno procesó las sensaciones de lo ocurrido hasta entonces. La lluvia arreciaba en el exterior, pero las amplias  galerías y porches impedían que a pesar de las ventanas abiertas entrara en el pabellón. Yo observaba  el rostro de la mujer en busca de signos que me preanunciaran lo que seguiría, mientras que ella miraba hacia delante, como si no  desease  observar mis  ojos.

Aún retenía mi mano derecha entre las suyas, y en un momento la colocó sobre su regazo. Allí, con mi palma sobre su falda pude reconocer la forma de su muslo, y entonces experimenté una sensación de carácter diferente a  las que había tenido hasta ese momento; mi cara se ruborizó mientras que en mi ingle comenzó una cierta comezón.

En forma totalmente instintiva, mi mano se deslizó hacia abajo, en dirección a sus rodillas, pero lo hizo con infinita lentitud, ya que por un lado era consciente de mi atrevimiento y por otro quería gozar de cada instante y cada milímetro del curso de mi movimiento. La miré directamente a los ojos, y por vez primera ella desvió su mirada que aún mantenía en una  posición fija hacia el frente, en realidad el vacío, hacia  mis ojos. Una sonrisa apareció en sus labios y sentí que había tomado una resolución firme, que hasta el momento había estado pendiente.

Mi mano llegó eventualmente al borde de su falda, y con la punta de mis dedos, rocé la piel de sus rodillas; como alarmado los retiré, pero luego volví a bajarlos, esta vez con decisión. Su cuerpo no se movió. Yo, alentado por la inexistencia de sanciones o reacciones desfavorables, proseguí mi lenta y amorosa exploración de sus piernas. Acaricié el frente de su rodilla izquierda, y luego la cara interna de la misma, y mientras mi mano proseguía acariciando suavemente su pantorrilla, agaché mi cabeza y besé su rodilla izquierda, luego la derecha, dejando marcas húmedas en su piel. Continué acariciando sus tobillos, y finalmente, abandoné mi posición sobre la cama y me arrodillé a sus pies. Quité su calzado y tomé un pie en mis manos y luego el otro; los pies eran pequeños y de bellas formas, y apenas rebasaban el tamaño de mis manos. La señora al principio pareció sentir cosquillas pero luego se adaptó a la situación. Aproximé mi boca a su empeine y lo besé, así como los distintas partes de cada pie. Y finalmente lamí cada una de sus plantas. La mujer me dejaba hacer, y en momento montó una de sus piernas sobre la otra en una posición femenina: en el movimiento, y dado que mi cabeza estaba a la altura de sus rodillas, pude vislumbrar fugazmente sus muslos y su ropa interior muy blanca.

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Capítulo 6

 

Michael

 

El joven decidió usar el tiempo disponible en el fin de semana para averiguar el paradero  de varias personas con las que había estado sentimentalmente relacionado diez años atrás. El verdadero propósito de Alex era constatar si los recuerdos que tenía de aquella época aún conservaban validez.

El sábado Alex se levantó más tarde que lo habitual. Su mente estaba en paz y tenía razones sobradas para estar satisfecho con su vida tanto en el ámbito laboral como en el sentimental. Esa mañana desayunó y salió a caminar por Brooklyn Heights ya que había descubierto que había adquirido una cierta aversión a realizar viajes innecesarios por la ciudad usando medios públicos de transporte, dado que los debía utilizar todos los días de la semana laboral para ir a su trabajo. Salió a pasear sin rumbo por su zona y caminó un rato por el Promenade, la amplia explanada que bordea el East River con una visión espectacular de la parte sud de Manhattan. Sus pasos no tenían un sentido claro más allá de la caminata pero Alex se dio cuenta que lo empujaban insensiblemente en una dirección vagamente familiar en Montague Street. Venciendo su ansiedad miró las casas que se sucedían hasta que encontró por fin la que le resultaba conocida. Subiendo la escalera de cinco peldaños se acercó a la puerta y atisbó desde uno de sus cristales los buzones que se hallaban en el interior del pasillo. Forzando un poco la vista intentó buscar uno de los casilleros que estuviera rotulado como Peter Strauss.

Peter había sido su primera relación neoyorquina diez años atrás, cuando Susana, entonces su novia, había regresado a Buenos Aires con su tía, dejándolo solo en la inmensa urbe luego de una permanencia en su apartamento de Henry Street durante varios meses. El sentimiento de soledad de Alex en aquel momento había sido intenso, ya que era un joven de una clase media de relativamente timorata arrojado en medio de la inmensa urbe neoyorquina. Caminando por el Promenade había conocido a Peter quien se encontraba paseando a su pequeño perrito faldero y se había acercado a él con algún pretexto ahora olvidado.

Aunque Peter tenía una pareja gay llamado John, había visualizado de inmediato al joven errabundo y había detectado su vulnerabilidad emocional. Ese mismo día lo había llevado a tomar el té en su casa y habían terminado en el lecho, en una experiencia gay inédita para Alex. Durante un tiempo corto ambos habían tenido un affaire hasta que surgió Michael, otro gay afroamericano dotado de un  prodigioso instinto sexual que había atrapado a Alex, arrebatándoselo a Peter, a pesar de que eran amigos.

Con esos recuerdos en la mente Alex recorrió los buzones hasta que su corazón dio un vuelco. Uno de los casilleros estaba marcado Apt 3- M.Brown.

En ese momento Alex se percató cual era la razón que había guiado sus pasos hasta la casa de Montague Street. Sin vacilar apretó el timbre del apartamento 3 y esperó ansioso el resultado.

Al cabo de unos instantes respondió por el parlante del portero eléctrico una voz que el visitante reconoció de inmediato.

-¡Hola! ¿Quién es?- Insistió la voz desde el interior.

El muchacho sintió que se había formado un nudo en su garganta y tuvo que forzar su voz para decir.

-Hola Michael. Soy Alex Bianchi.

Del otro lado siguió un instante de estupor hasta que la voz respondió también afectada por la emoción.

-¡Alex!… ¿eres realmente tú?

 

Ambos hombres se observaron brevemente a través de los vidrios de la puerta de la casa que Michael abrió de inmediato.

– Ven, pronto, pasa.- Dijo tomando a Alex por el brazo e introduciéndolo en el pasillo. Luego, sin pronunciar palabra, lo remolcó literalmente hasta su propio apartamento, que como el joven recordaba se hallaba en la planta baja y del que el dueño había dejado abierta la puerta en su prisa por dar la bienvenida a su visitante. Una vez que ambos se hallaban en el interior el dueño de casa empujó a Alex contra la pared anexa a la puerta y dándole un abrazo le plantó un beso en la boca, que resultó eterno. Cuando el joven pudo liberarse de la cálida recepción y tomaron distancia el uno del otro aprovecharon a mirarse. Alex encontró a su anfitrión ligeramente más gordo,  habiendo ganado diámetro su cintura que ostentaba ahora un vientre amplio, sus caderas sus muslos y sus nalgas, estos últimos prominentes y comparables a los de una mujer. La tez de Michael era más oscura que lo que la memoria del argentino rememoraba y el cabello se hallaba rapado por completo. El dueño de casa se hallaba vestido con una remera y un pantalón de tejido de punto, los que resaltaban sus formas femeninas. Michael aun retenía la cabeza de su visitante entre sus gruesas manos y lo contemplaba tratando de grabar sus rasgos en su memoria.

-El tiempo te ha tratado bien. Estás aun más guapo que cuando te conocí.

-Tengo algunas canas aisladas.

-Lo que te hace más interesante. Además te veo con la musculatura más desarrollada.- Era obvio que el hombre no perdía detalle de aquello que resultaba de su interés. Nuevamente lo abrazó y besó su boca. Mientras lo hacía tomó las manos del joven entre las suyas y las deslizó dentro de la cintura elástica de su pantalón, guiándolas hacia sus glúteos.

-No pierdes el tiempo.- Exclamó Alex con una carcajada.

-Mil veces he soñado con este reencuentro y siempre creí que era imposible.

-Aun no sé si vives solo o acompañado, y que se ha hecho de Peter.

-Ya habré de contar luego.

-¿Luego de que?

-De que te lleve a mi cama y me hagas tuyo.

-¿No vas demasiado rápido? ¿No hace falta mi consentimiento?

Lujuria

Genero: romance eróticoLujuria(2)

Descripción:

 

Después de diez años Alex regresa a Nueva York y sus pasos se encaminan a Brooklyn Heights, donde entonces había tenido una actividad sexual turbulenta pero excitante.

En su nuevo trabajo conoce a Brenda, una belleza afroamericana de la cual queda deslumbrado de inmediato y con la que comienza un tórrido romance.

Sin embargo, los viejos affaires románticos rápidamente afloran y queda envuelto en una seductora y voluptuosa red impregnada de erotismo con personas de ambos sexos que habían sido sus amantes. El joven cree que podrá mantener el equilibrio entre las viejas pasiones y su relación con Brenda.

Sin embargo, debe viajar a Buenos Aires por temas familiares y en el viaje de retorno a Nueva York conoce a Julieta, una joven chilena de la que se enamora perdidamente. Este entramado intrincado de afectos e instintos lo sumerge en un laberinto emocional del cual no consigue escapar.

Lujuria tiene todo lo que su nombre promete; es una novela cargada de un fuerte erotismo que no elude los temas espinosos y te arrastrará en su vértigo sensorial.

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“La Hechicera”

Genero: Romance erótico

La hechicera (2)

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Sinopsis:

Una muchacha africana prospera en Nueva York con un negocio de flores. Cuando se interesa románticamente por un joven blanco advierte que está bajo la influencia de una dominatrix de tendencias sádicas propietaria de una agencia de escorts. Ambas mujeres lucharán por el hombre con diversas armas que incluyen poderes ocultos, hechizos, encantamientos… y también el asesinato.

Kambiri- Amores Prohibidos

Genero: Antología erótica

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Kambiri

Sinopsis:

Esta antología incluye cinco nouvelles escritas por Louis Alexandre Forestier en años recientes sobre temas distintos pero con un común denominador: romances entre mujeres afroamericanas y hombres blancos. Son por lo tanto parte del vasto movimiento Swirl. Las historias son las siguientes:

 

Keisha- Un Romance Swirl

Una hermosa mujer afroamericana conoce en Nueva York a un joven extranjero. Un tórrido romance comienza en un ambiente cuyos valores respecto a la aceptación de parejas interraciales están en transformación. La mujer va experimentando en su vida la liberación de ciertos tabúes y va uniendo los fragmentos sueltos de su vida.

La pareja va construyendo su relación venciendo algunas adversidades procedentes de las circunstancias que les toca vivir.

Una nouvelle de actualidad con sagaces introspecciones de actitudes tan arraigadas como inadvertidas.

Valentina

Esta novela te hará explorar tus fantasías más íntimas e inconfesables, aquellas que tienes clausurados bajo tabúes sociales. Seas hombre o mujer ponerlas a la luz de tu conciencia y de tus deseos tendrá un efecto liberador.

A partir de un noviazgo contemporáneo ingenuo un hombre joven tiene tormentosas relaciones sexuales que involucran episodios eróticos de carácter sadomasoquista. Una muchacha inmigrante afro-colombiana hará lo que haga falta para conquistarlo.

Imposible leer esta novela sin reexaminar tus verdaderas inclinaciones en temas ocultos y profundos.

Nubia

Una red de trata de personas ingresa jóvenes mujeres procedentes de África en Nueva York. Una de ellas escapa y comienza una feroz cacería humana. En la desesperada defensa de su vida la muchacha pone en juego recursos insospechados. La organización de traficantes incluye miembros situados en altas esferas de poder que aprietan el cerco en torno a la joven.

Un vibrante thriller del género noir que te mantendrá en vilo desde su comienzo hasta su dramático final.

 

 Cristelle

Tres inmigrantes negras, una africana y dos haitianas buscan al amor en Buenos Aires, un medio muy distinto al que ellas han conocido. A través de vicisitudes van acercándose a su objetivo con retrocesos y avances. Cristelle es una nouvelle romántica cargada de erotismo, que explora las relaciones amorosas interraciales. Hay dosis de humor y un cierto contenido de episodios paranormales, vinculados con los sistemas de creencias de las muchachas. Una historia agridulce que te encantará.

La Danzarina Tribal

Una muchacha africana prospera en Nueva York con un negocio de flores. Cuando se interesa románticamente por un joven blanco advierte que está bajo la influencia de una dominatrix de tendencias sádicas propietaria de una agencia de escorts. Ambas mujeres lucharán por el hombre con diversas armas que incluyen poderes ocultos, hechizos, encantamientos… y también el asesinato.

 

Kambiri- Amores Prohibidos

Genero: Romance erótico- Antología romántica.Kambiri Spa

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Sinopsis:

Esta antología incluye cinco nouvelles escritas por Louis Alexandre Forestier es años recientes sobre temas distintos pero con un común denominador: romances entre mujeres afroamericanas y hombres blancos. Son por lo tanto parte del vasto movimiento Swirl. Las historias son las siguientes:

 

Keisha- Un Romance Swirl

Una hermosa mujer afroamericana conoce en Nueva York a un joven extranjero. Un tórrido romance comienza en un ambiente cuyos valores respecto a la aceptación de parejas interraciales están en transformación. La mujer va experimentando en su vida la liberación de ciertos tabúes y va uniendo los fragmentos sueltos de su vida.

La pareja va construyendo su relación venciendo algunas adversidades procedentes de las circunstancias que les toca vivir.

Una nouvelle de actualidad con sagaces introspecciones de actitudes tan arraigadas como inadvertidas.

Valentina

Esta novela te hará explorar tus fantasías más íntimas e inconfesables, aquellas que tienes clausurados bajo tabúes sociales. Seas hombre o mujer ponerlas a la luz de tu conciencia y de tus deseos tendrá un efecto liberador.

A partir de un noviazgo contemporáneo ingenuo un hombre joven tiene tormentosas relaciones sexuales que involucran episodios eróticos de carácter sadomasoquista. Una muchacha inmigrante afro-colombiana hará lo que haga falta para conquistarlo.

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Nubia

Una red de trata de personas ingresa jóvenes mujeres procedentes de África en Nueva York. Una de ellas escapa y comienza una feroz cacería humana. En la desesperada defensa de su vida la muchacha pone en juego recursos insospechados. La organización de traficantes incluye miembros situados en altas esferas de poder que aprietan el cerco en torno a la joven.

Un vibrante thriller del género noir que te mantendrá en vilo desde su comienzo hasta su dramático final.

 

 Cristelle

Tres inmigrantes negras, una africana y dos haitianas buscan al amor en Buenos Aires, un medio muy distinto al que ellas han conocido. A través de vicisitudes van acercándose a su objetivo con retrocesos y avances. Cristelle es una nouvelle romántica cargada de erotismo, que explora las relaciones amorosas interraciales. Hay dosis de humor y un cierto contenido de episodios paranormales, vinculados con los sistemas de creencias de las muchachas. Una historia agridulce que te encantará.

La Danzarina Tribal

Una muchacha africana prospera en Nueva York con un negocio de flores. Cuando se interesa románticamente por un joven blanco advierte que está bajo la influencia de una dominatrix de tendencias sádicas propietaria de una agencia de escorts. Ambas mujeres lucharán por el hombre con diversas armas que incluyen poderes ocultos, hechizos, encantamientos… y también el asesinato.

 

La Danzarina Tribal

Genres: action and adventure, erotic interracial romance.

Encuentralo en:

Amazon Kindle e-books y edición impresa: http://tinyurl.com/zvtsb2g

iBooks, Barnes & Noble nook, 24 Symbols:https://www.books2read.com/u/bP1NxY

Sinopsis:

Una muchacha africana prospera en Nueva York con un negocio de flores. Cuando se interesa románticamente por un joven blanco advierte que está bajo la influencia de una dominatrix de tendencias sádicas propietaria de una agencia de escorts. Ambas mujeres lucharán por el hombre con diversas armas que incluyen poderes ocultos, hechizos, encantamientos… y también el asesinato.

Extracto:

 

Kenia- Hace veinte años

 

 

Kinjia observaba aprensivamente los acontecimientos que la rodeaban. Se encontraba con otras seis muchachas a quienes no conocía, todas vestidas con ropas que nunca habían poseído antes, con joyería tribal deslumbrante pero que jamás habían usado con anterioridad y con sus cabellos trenzados en largas rastas.

Cada una de ellas había sido alejada de su familia una semana antes, tiempo durante el cual no habían visto más que caras extrañas. En el caso de Kinjia lo último que recordaba de sus familiares era el rostro bañado en lágrimas de su hermana mayor. Sus padres habían ignorado sus preguntas sobre el propósito de aquel acontecimiento.

Todas las muchachas eran vírgenes de edades entre los catorce y los dieciséis años, y eran la flor del poblado de la etnia Kikuyu situado en un rincón remoto de condado Baringo, en un paraje desértico en el que las tribus apenas sobrevivían del producto de la tierra, en un contexto de pobreza generalizado.

Kinjia jamás había estado fuera del poblado, ya que las muchachas eran estrictamente controladas hasta la edad en que contraerían matrimonio, con sus libertades restringidas al máximo, a diferencia de los muchachos de su misma edad que acompañaban a sus padres en sus labores en los campos o salidas de caza, que a veces tenían consecuencias mortales.

Kinjia era afortunada porque su familia no practicaba los salvajes ritos de mutilación femenina, en el que se llevaba a cabo la ablación de algunos órganos genitales, entre ellos el clítoris, para asegurar la pureza de las jóvenes hasta el casamiento. Como el ritual era llevado a cabo por curanderos en condiciones precarias de salubridad usando cuchillos y en ocasiones hasta trozos de vidrio, la mortalidad de las muchachas por infecciones era relativamente alta. Por esa razón su familia no la llevaba a cabo ya que ponía en peligro la vida de las muchachas y con ello el potencial incremento patrimonial de los padres.

Lo que ni Kinjia ni ninguna de las otras seis muchachas sabía era que mientras ellas eran mantenidas de pie en medio de la desolada llanura vestidas en la forma descripta, en la aldea se llevaban a cabo arduas negociaciones entre sus padres y sus futuros maridos, en general hombres mayores que las niñas jamás habían visto, que normalmente tenían otras esposas de diversas edades y algunos de ellos de aspecto asqueroso. Las tratativas tenían por objeto determinar las dotes que los maridos pagarían por las muchachas a sus familias, las que estaban basadas en la belleza de la virgen. Kinjia ignoraba entonces que su pretendiente había convenido entregar veinte cabras, un camello y dos vacas por ella, un precio realmente exorbitante para una aldeana común y corriente, por lo que su padre se hallaba sumamente contento del pacto establecido.

 

Tanto el casamiento forzado de niñas y adolescentes como la mutilación ritual están estrictamente prohibidas en Kenia desde la época de la colonia inglesa, pero las tradiciones tribales tienen mucho más peso y originan más obediencia que la ley escrita por lo que se siguen practicando aun hoy día.

 

Un par de hombres en atuendos guerreros se aproximó y tomó por los brazos a una de las niñas, la que comenzó a gritar y patalear tratando de zafar de su situación de sujeción mientras era arrastrada hacia las chozas con el objeto, ignorado por ella, de ser entregada a su marido y comprador.

Las demás muchachas comenzaron a agitarse e intentar escapar pero varios hombres igualmente ataviados las tomaron en sus brazos y las redujeron. Kinjia había permanecido muda y quieta por el terror, de modo que el hombre que se acercó a ella estaba confiado en que no opondría resistencia, pero cuando se hallaba a dos pasos de la niña ésta se puso inesperadamente en movimiento, golpeó a hombre en la cabeza con una especie de bastón que le habían entregado como parte del atuendo matrimonial y se lanzó a correr por la planicie con una velocidad que ni siquiera ella sabía que podía desarrollar.

El hombre golpeado se repuso del atontamiento e inmediatamente salió en pos de Kinjia mientras que varios otros intentaron unirse a la persecución. En ese momento toda la tensión acumulada por el resto de las niñas estalló y cada una trató de salir corriendo en varias direcciones llevada por el terror. Los hombres vacilaron al ver el desorden totalmente inesperado e intentó atrapar a las muchachas en una acción completamente desconcertada.

Kinjia corrió como si sus pies se hubieran convertido en alas y no tardó el dejar atrás a su perseguidor, un hombre mayor al que finalmente los placeres de una vida disipada en la aldea cobraron su precio y cayó exhausto en tierra, cesando en su persecución.